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jueves, 6 de diciembre de 2012

Capítulo segundo: Las presentaciones

     El comisario Senén se encontraba departiendo con el Dr. Patas, un antropólogo forense que trabajaba en casos de identificación de cadáveres y realizaba autopsias para la Policía.
     Estaban discutiendo sobre unos restos humanos encontrados en una parcela de la localidad cercana de Armanda y que todavía no habían podido ser identificados. El Dr. le estaba enseñando las conclusiones del informe preliminar cuando la Srta. Esther pasó para anunciar al inspector Menéndez:
     - Hágale esperar cuatro minutos, ya estoy acabando con el Doctor, -la dijo-.
     El Dr. Tomás Patas era un hombre de mediana edad, tendría unos cincuenta y muchos años, su actividad social estaba restringida únicamente a su trabajo, ya que tenía un problema intestinal que le hacía practicamente un apestado entre sus congéneres. Todos le temían pues en cualquier momento y sin previo aviso podía soltar por su ano uno de los truenos más temidos de toda la comisaría al cual acompañaba un nauseabundo olor a descomposición. Todo el mundo le decía que parecía que guardara los cadáveres en su estómago y no en su sala de autopsias. Pasaba las horas muertas en su laboratorio redactando informes y otros trabajos porque decía que "allí se podía camuflar perfectamente".
     Mientras los dos hombres terminaban, el inspector Menéndez hizo ademán de pedir permiso para entrar.
     - Pase, pase, -dijo el comisario-.
     El comisario Senén se presentó y presentó al Doctor, mientras éste recogía los informes que habían quedado sobre mesa.
     Antes de salir del despacho, el doctor se despidió amablemente de los dos hombres:
     - Cierre la puerta cuando salga, Tomás, -le dijo el comisario Senén-.
     Al ir a abrir la puerta el doctor hizo gala de sus aptitudes musicales obsequiando a los dos policías con un macro-pedo de unos diez segundos de duración.
     El comisario Menéndez que aún no estaba acostumbrado a tal demostración odorífero-sonora, se levantó como un rayo de la silla en la que estaba a punto de sentarse, soltó la gabardina que aún llevaba bajo en brazo y cogió una pequeña pistola Colt 380 Mustang que siempre llevaba encima y apuntó en la dirección del Dr. Patas con una evidente cara de asustado. El comisario, ya acostumbrado a las demostraciones involuntarias del doctor, le agarró el brazo y le pidió que se tranquilizara mientras le explicaba el problema.
     El doctor visiblemente avergonzado, pidió disculpas y salió como si le llevara el diablo.
     - Bien discúlpele, tiene ese problema pero es un excelente profesional, -dijo el comisario Xerín-.
     Menéndez le entregó sus credenciales y el informe donde se le comunicaba su traslado forzoso a la comisaria de Campo Palace. Mientras estaba entregándole los papeles se le empezó a dibujar en la cara la misma mueca con la que había obsequiado antes a la Srta. Esther en la entrada. Esta vez lo acompañaba de una excepcional apertura de ojos y una sutil aspiración de nariz.
     - Yo no aguanto este olor, me cago en.....-dijo-.
     Y se levantó para salir de la oficina.
     - No se preocupe saldremos a tomar café en la cocina, mientras esto se despeja un poco, -dijo el comisario, haciendo el mismo gesto de asco y taponándose la nariz con los dedos-.
     Mientras salían le dijo a la recepcionista: "Esther abra las ventanas de mi despacho por favor".
     Mientras entraban en la cocina se oyó en toda la oficina un: "Puaggggg" que hacía saber a todos que la Srta. Esther acababa de aspirar los efluvios del doctor, todos sabían donde iban a acabar los churros que se había comido por la mañana, pues siempre que algo así pasaba, sucedía lo mismo.
     Después de tomarse el café y durante el pequeño trayecto hacía la oficina el comisario fue presentándole a todo el personal que en ese momento estaba trabajando.
     - Bien, -dijo-, esta es la señorita Esther Graciakhace, que usted ya conoce.
     Señalando a una señora con bata azul que iba empujando un carro con productos de limpieza: "esta es la señora Dominga, dijo el comisario, nuestra encargada de la limpieza y además de vez en cuando hace unas rosquillitasssss, uhmmmmm".
     Menéndez se acercó a ella, para saludarla y observó que la señora portaba debajo de su nariz un tremendo bigote, lo que hizo que Menéndez se guardara la mano que le iba a estrechar y volviera a poner la mueca típica que adoptaba su rostro cuando algo no le gustaba y que el llamaba "muecamen": Hola, -dijo mientras se echaba hacía atrás, volviendo al lado del comisario-.
     Después de presentarle a varios de los inspectores y agentes que en ese momento estaban en la comisaría entró una mujer a toda velocidad, según iba avanzando entre las mesas se iba despojando de su gorro, de su enormemente larga bufanda de punto, a la vez que se quitaba un voluminoso abrigo gris de lana. El comisario Serín se acercó a ella y se la presentó a Menéndez:



     - Y esta es Marcela, es una inspectora procedente de la comisaría de Hrušovany de Eslovaquia, pertenece a un programa de intercambio entre la policía española y la de aquel país.
     Menéndez se aproximó a ella y le ofreció su manaza para estrechársela, mientras hacía esto se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Menéndez tenía la propiedad de reírse de dos formas una ensanchando su boca y otra achinando sus ojos, esta propiedad iba por libre una de la otra, mientras se podía estar riendo con los ojos, podía estar echando pestes por la boca.

  Al acercarse a ella adoptó una postura como de galán de cine, haciéndose el interesante, era tan mal actor que provocó una sonrisa en Marcela que observaba sus movimientos con interés, sus grandes y llamativos ojos azul verdoso estaban muy abiertos, pensó, al verle actuar así, que se parecía a un pájaro parecido a la corneja que en su país llamaban Havran , que se ahuecaba y hacía cosas extrañas en la época de cortejo.
     El inspector, que habitualmente era reclamado por la Interpol y el F.B.I. debido a su experiencia y trayectoria profesional, había viajado mucho y queriéndose hacer el tío culto y queriendo decir: "¿Hola como estás?" le dijo:
     - Zbohom raz ísť muža! Páriť? (Adiós, vete de una vez, tío. ¿Follamos?).
      A lo que Marcela le sacudió un fuerte manotazo en la cara, y se sentó en su sitio visiblemente contrariada.
     Le miró fijamente a los ojos y le dijo: "Hablo perfectamente español, inspector, y por favor si no sabe hablar mi idioma, ¡cállese!".
     Todo el mundo en la oficina, menos Dominga que estaba a sus cosas, se empezó a reír a carcajadas.
     - "Le gusto, jejeje" -le dijo Menéndez al comisario Senén, arqueando varias veces las cejas, mientras se frotaba la cara y sonreía-.
     Cuando acabaron las presentaciones y el comisario le enseñó la mesa que le habían preparado, se dirigieron de nuevo al despacho, no sin antes comprobar que el olor se había evaporado. Mientras el comisario cerraba las ventanas le dijo:
     - ¿Tiene ya sitio donde vivir?.
     - Sí, he alquilado una casa hace unos días.
     - ¡Ah! Muy bien, ¿está en buen estado? Aquí las casas son baratas pero están medio en ruina.
     -No está muy bien que digamos, pero soy muy mañoso y he empezado a restaurarla, llevo aquí una semana, -dijo Menéndez-.
     - Entonces creo que, si usted quiere, podíamos empezar a trabajar ya, -dijo Senén-.
     - Como usted desee, comisario.
     - Muy bien. Mire este caso que estaba discutiendo con el doctor, nos está trayendo de cabeza, -dijo el comisario mientras le entregaba el informe del forense-. ¿Por qué no se hace usted cargo de él? ¿A ver si sacamos algo en claro?.
     Menéndez cogió las carpetas y se dispuso a salir para dirigirse a su mesa.
     El comisario observo como algo caía del bolsillo de la gabardina que el inspector llevaba aún en la mano: -se le ha caído algo al suelo, inspector-.
     Menéndez se volvió y se agachó para recoger una pajarita de color negro:
     - Je, -sonrió-, es que  en mis ratos libres doy extras de camarero.
     - ¡Ah! -dijo Senén-. Sí aquí lo hacen varios agentes, -y le sonrió-.
     Menéndez se sentó en su mesa mientras observaba a Marcela que le miraba con cara de mosqueo aún, él la sonrió, lo que hizo que ella volviera la cabeza y siguiera con sus cosas.
     Menéndez empezó a hojear los informes.

PRÓXIMO CAPITULO: El caso de los esqueletos de Armanda
    
    

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